Viernes 13

Desde el infierno, sentado en su horroroso trono, miró al cielo y se percató de la gran y brillante luna llena que alumbrada la noche. Luego observó el calendario y, al ver que era viernes 13, sonrió con picardía. Resultaba un día perfecto para salir de su habitual rutina, pisar la tierra de los mortales y divertirse un poco.

Pero desgraciadamente, a todos en algún momento, la vida nos da a probar un trago de nuestra propia medicina. Y aunque suena loco de creer, el amor es lo único que sabe cómo jodernos absolutamente a todos, sin excepciones. Si no me crees, pregúntale a Lucifer…

Cuentan que en su última visita en carne propia al mundo terrenal, se enamoró perdidamente de una mortal.

Todo comenzó un día como hoy, viernes 13. Beth, una chica común y corriente, caminaba de prisa por la solitaria calle 6, en dirección al residencial donde vivía.

Estresada y agotada de las labores diarias, esperaba como de costumbre en el vestíbulo a que abriese el viejo y algo destartalado ascensor, con el fin de llegar a su apartamento, lanzar los zapatos, colocarse el pijamas, las pantuflas, preparar el rico café de todas las noches y respirar paz.

Mientras se disponía a abordar el ascensor, justo antes de que se cerraran las puertas, un hombre de algunos 6’3’’, con traje negro de alta costura, muy guapo, cabello corto negro azabache, dentadura perfecta, magníficos ojos con mirada profunda e inusual y un exquisito perfume capaz de penetrar hasta la última neurona, detuvo el ascensor para también abordarlo.

Ella no recordaba haberlo visto nunca, pero si el seguridad lo dejó pasar, debía tratarse de algún nuevo inquilino. Y pues nada, Beth sólo presionó el piso #6 y con un poco de tensión pero sin decir una sola palabra, esperó a que el ascensor subiese.

¡Aguarda! – escuchó esa voz varonil y seductora que le hablaba mientras ella se precipitaba a salir del ascensor. – He sido todo un mal educado al no presentarme antes. – ¡Mucho gusto, Lucifer, Estrella de la mañana! dijo mientras extendía la mano hacia ella y le sonreía.   

Beth no pudo contener lanzar una gran carcajada, pensando que sólo se trataba de un mal chisme para romper el hielo. – El placer es mío, Elizabeth, pero puedes llamarme Beth. ¡Bienvenido al residencial Halo! Correspondiendo al saludo.

Lucifer alzo la mirada para ver a la chica frente a sí justo a la cara y por alguna razón sintió que el estómago se le revolvió. Desconocía por completo las razones, pues era la primera vez que sentía algo extraño en su ser.

¡Impresionante artimaña de la vida! De una forma u otra, te hace coincidir con la persona para la que estás destinado, y en un abrir y cerrar de ojos, cuando menos te lo esperas, ocurre. Intentas ver cuándo o como pasó pero no recuerdas, sólo sabes que estás ahí, a su lado, perdidamente enamorado. – ¿O no Lucifer?

– ¡Qué más da la respuesta! si desde entonces llevas cara de pendejo, ojos repletos de dulzura y una enorme sonrisa que por más que intentes, no te deja mentir.

Y pues así como florecen las plantas en plena primavera, crecía el sentimiento de amor en el corazón vagante e inmundo de Lucifer. Incluso mucho antes de este saber lo que era sentirse hechizado por alguien.

Ellos eran totalmente diferentes, pero justo eso los hacía tan compatibles. Ella era fría como la nieve en pleno invierno, él tan cálido como el mismo infierno. Ella amaba el día, la luz, el sol en su gran esplendor. Él era el rey de la noche, las tinieblas, la oscuridad hecha espíritu. Ella tenía la dulzura que a él le hacía falta. Él la malicia que ella desconocía.

Ese ser con nombre escalofriante, que se escuchaba tan sutil si ella lo pronunciaba. Rodeado en sus brazos, lucía dulce, cálido, endeble. Un demonio debilitado por el amor. Era alucinante presenciar como la miraba con ojos de ángel, como ardía de pasión al tocar su piel. Teniéndola a su lado, era imposible para él dominar sus demonios.

Y así fue como Lucifer conoció su propio infierno en los labios de una mortal. La única capaz de domar a la bestia con tan sólo un beso. Ya no le molestaba la luz, siempre y cuando fuese ella quien le alumbrase.

Desde entonces, ya no se le ve salir a esparcir maldad cada viernes 13.