Era él quien me hacía arder la piel

Era él quien me hacía arder la piel o al menos así lo recuerdo. Mi hombre perfecto. Alto, de piel canela, ojos achinados color café, labios carnosos y sonrisa pícara. Cuando lo vi por primera vez, de inmediato su aura conecto con la mía. Nunca he creído en el amor a primera vista y tampoco creo que lo nuestro se tratase de tal cosa. Lo que si sé, es que nunca antes había sentido tantas mariposas en mi estómago.

Aún recuerdo nuestro primer beso. Besaba tal y como me había imaginado: carnoso, húmedo, sensual, delicioso.

En ese mismo instante comenzaba nuestra historia de amor, en el momento menos esperado, con la persona que jamás habría imaginado. Justo ahí comprendí que somos como fichas de un parchís, vagamos por el mundo dando pasos hacia adelante con la intensión de ganar, no sabemos cómo, no sabemos cuándo, pero pretendemos sentirnos felices al conseguir la victoria. Y así fue, éramos tan felices intentado ganar esta partida de amor.

¿Qué si lo quise?

No, porque querer es una palabra muy pequeña para expresar todo lo que sentí. Todas esas sensaciones que pasaban por mi cuerpo cada segundo que duraba cerca de mí. Las sonrisas que le dediqué día tras día. Las tantas veces que me las jugué por él, son prueba suficiente de que no le quise, en realidad lo amé. Me había enamorado de él. Por amor, por sexo, costumbre o tal vez por ser mi primera experiencia, mi primer y único amor.

Mi alma gemela, mi compañero fiel de travesuras, y no; no me refiero a tocar el timbre de la casa de un extraño y a correr, sino más bien de esas aventuras que sólo te atreves a contarlas montones de años después. Esas que al recordarlas hacen arder tu piel, te trasladan al pasado y darías toda una fortuna por repetirlas una vez más. En el salón de clases de esa Institución o bajo la noche oscura de un día de playa, en su coche o en aquel viejo motel. Daba igual. Porque el verdadero amor no entiende de cortejos ni de fachadas.

Y como todo amor encendido a llamas, llegó el momento de ser cenizas. ¿Jamás se han preguntado por qué lo bueno acaba tan rápido?

Yo sí. A veces el destino nos tiene una jugada preparada y la lanza justo cuando no tenemos un as bajo la manga. Todo aquello que se había convertido en la mejor experiencia de mi vida, me tocaba verle partir sin poder hacer nada en lo absoluto para impedirlo. Mi media mitad ahora se encontraba a miles de kilómetros, rumbo a lo desconocido; mientras nuestras almas se derrumbaban a pedazos y mi mente me gritaba que sea fuerte. Entonces comprendí que la vida es un conglomerado de lecciones por aprender y esta vez me enseñaba la parte dolorosa del amor. Sí; porque una parte de aprender a amar a alguien, también es saber cuándo es momento de dejarle ir.

Era él quien me hacía arder la piel, el alma, cada parte de mis entrañas.  Él, ese para siempre que solemos jurar, aunque sólo queden los recuerdos.