ELLA

Ella era fría como el carámbano, de mirada penetrante, hermosa y oscura como un pozo sin fondo. Sus palabras solían herir como una navaja enterrada en el corazón. Su caminar, de paso firme y hostil que trasmitía agresividad segura, de esas que sabes a ciencia cierta, que si amenazaba, cumplía. ¿Sentimientos? ¿Acaso eso existía en ella?

Sin embargo, aunque parecía una fiera difícil de domar, no lo era, y en el fondo lo sabía. Sólo se protegía de sí misma y de los demás, sus ojos la delataban, su mirada penetrante y oscura era una sutil mezcla entre dureza y ternura, algo así como una obra de arte que engloba lo mejor de los dos mundos.

Y es que ella era así, tan fría y cálida a la vez, salvaje y sumisa, tormenta y música, lluvia y fuego, dulzura y sobriedad. Sabía adaptarse en ambos extremos, podía ser la persona más bondadosa y sutil pero también la más venenosa y maléfica. Te mojaba el alma y te quemaba el cuerpo. Ella es ese tipo de vicio que te hace daño, pero del que ya te has vuelto adicto.

¿Sentimientos?

Eran casi impenetrables, pero a su favor, podría jurar que nunca antes había conocido alguien con tanta belleza dentro. Cuando amaba, lo hacía como si no conociese en lo absoluto el dolor, ella sólo disfrutaba en su máxima expresión a cualquier cosa que se entregase, a la vida, al amor, al sexo, a la poesía, incluso se entregaba a si misma con frenesís.

Y es que ella era realmente hermosa, pero era hermosa en la forma en que un incendio o las grandes olas del mar lo son, ella era alguien a quien admirar muy de cerca era un juego del cual no todos salían victoriosos.

A fin de cuentas ella no era fría, se los juro que no lo era. Ella sólo lo decía.